Uno podría escribir su historia con lápiz, borrar trocitos para desterrar los malos recuerdos. Reescribirnos las veces que sea necesario y llorar cada muerte, cada intento fallido.
La televisión apesta, te informa de más, a veces de menos, enfoca, encasilla, dilata y acelera las partículas de la histeria. A mí a veces me llega la desolación y se estaciona como un universo atemporal, entonces el corazón pesa y el tiempo parece eterno.
Creo que no puedo amar; mejor dicho, tengo el amor encerrado, me enamoré a la ligera de quién se enamoró por accidente, así forzamos las ganas y con ellas los sueños. De cualquier forma, no importa, a estas alturas sólo puedo estar consciente por pequeños lapsos de tiempo, así que me apresuro a salir de la habitación, tal vez alcanzar el bus de las 8:00, para no esperar 30 minutos y evitar llegar tarde a la facultad (como casi siempre). Salgo y la luz se ve, mejor dicho, es gris cemento; hay viento, hojas marrones, huele a lavanda y decido que con un día tan bello mejor no voy a clase; sigo consciente, tomo entonces el autobús que me lleva a la plaza, hace frío, me acurruco un poquito en la silla y trato de no sentir esa nostalgia atrevida e impertinente que me invade cada otoño, mi día gris y yo queremos divagar destinados como estamos a encontrarnos el uno al otro. Entonces el pensamiento recurrente se hace presente, humano y estridente: Queda poco tiempo me digo.
3 paradas después toco el timbre, por un instante el universo se dilata para luego contraerse. En el centro de la plaza hay una luz que inunda todo, sé que debo caminar hacia allá, camino deprisa pues me asalta una terrible sensación, tal vez alguien me observa, de hecho, alguien camina detrás de mí, es una sombra que se proyecta en el espacio tiempo y se alimenta de mi energía. Camino más rápido pues falta poco para llegar al centro de todas las cosas. Sigo consciente, pero sé que pronto perderé la lucidez. Corro, ya no logró saber si el día es gris o azul, si hace frío o calor… Entonces lo percibo, percibo su aroma: ya sé que estás cerca. En el centro de todas las cosas la luz se contempla frente a un espejo. Corro y las piernas me tiemblan, corro y no hay quién pueda huir de su destino. Me detengo. La sombra está de espaldas, tan gris y oscura como siempre. Escucho su respiración agitada, no logro ver sus manos, mucho menos sus intenciones. Él, la sombra…
La luz se esconde, baja la cabeza, sus ojos dejan de mirarme. ¡Quédate conmigo por favor! La luz se va. No es necesario decir que pronto caeré dormida, perderé la consciencia y tendré que empezar de nuevo. Conozco lo que sigue, él se va a girar y descargará su Parabellum[1] P08 9mm en mi pecho, yo veré mi corazón saltar y caeré de frente. Sentiré como la sangre caliente empieza a ahogarme y pensaré en Dios, daré gracias por mi vida y despertaré en alguna cama, de alguna dimensión adyacente; me diré que fue una pesadilla, respiraré profundo y giraré hacia el otro costado. Luego caeré dormida.
[1] El nombre Parabellum proviene de un antiguo refrán latino: «Si vis pacem, para bellum», Si quieres la paz, prepárate para la guerra.

