
El día iniciaba a las 8 Am, el barco se encontraba estacionado en el lago de la montaña, lo llamo así porque desde el barco se puede ver una gran montaña con mucha nieve. Yo vivo en Alaska, pero no soy de aquí, llegué hace poco y apenas si logro ubicarme.
Hoy en particular hace mucho frío; sin embargo, debo salir temprano ya que la casa que habito tiene un perro, sí, un perro. No se sabe ni cómo, ni cuando llegó, pero los vecinos lo alimentaban y por una cuestión de amabilidad de parte de los extraños, el dichoso animal había sobrevivido. Ahora me tocaba en suerte y en aquella mañana especialmente fría tendría que sacarlo a orinar y obligarlo a hacer ejercicio para que no rompiera más los cojines de casa. En las mañanas el bicho duerme a pierna suelta, sin embargo, en cuanto llega la tarde se aburre con su vida y me parece que el único remedio que encuentra es atacar algún cojín. Resultó un perro con carácter así que la idea de evitar que se la pase en la calle y llegue a casa dejando una estela de hedor, me había costado no sólo todos mis cojines, si no también varios pares de zapatos. Al roomate no le gustaba en absoluto ser un perro de casa y sin pulgas. De cualquier forma, era un bicho dulce y tierno, no muy lindo, pero tenía lo suyo.
Después de sacarlo, regresé a casa a prepararme para salir, tomé un baño, me puse ropa interior térmica, mi uniforme blanco, me maquillé un poco, tomé mi desayuno, me cepillé los dientes, agarré la bici y me fui a trabajar con una sonrisa en la cara mientras imaginaba que con un poco de suerte tal vez me cruzaría con esa persona que tanto me gusta.
El barco de hecho, es un hospital. Yo soy enfermera ahí y me encanta, trabajo en el pabellón de pediatría, afortunadamente en Alaska la gente se enferma poco y los niños rara vez tiene enfermedades problemáticas.
Hace un par de meses llegó un genetista que usa nuestros laboratorios para su investigación: Algo sobre mutaciones. Me encantaría preguntarle, pero no soy capaz, es más, cuando me saluda me paralizo y me escapo de babear porque no puedo siquiera abrir la boca, a lo mejor ya piensa que me dejaron caer de la cuna o algo así. Me gusta mucho su sonrisa, su calma, sus ojos azules, la forma en que mira el infinito, a veces lo descubro en la parte más alta del barco observando las estrellas, extasiado, como si no hubiese un instante previo o posterior a ese. Una vez, mientras las observaba y yo lo observaba a él, me dijo que veía las estrellas sabiendo que su luz ya se había apagado, ósea vemos su pasado. Esa noche tuve un sueño muy extraño: soñé con el pasado de una dimensión lejana en donde yo era energía y no podía llorar, de hecho, era en realidad un cúmulo de pequeñas explosiones e implosiones.
Al otro día, al tomar mi bicicleta todo en lo que podía pensar era en mi cuerpo y los vestigios del tiempo en él. Mientras miraba la cicatriz de mi mano un camión toca su bocina y por poco no zafo de morir atropellada. Al llegar al hospital recuerdo que dejé el candado de la bici encima de la mesa del comedor, en definitiva, el día iniciaba mal. Apoyé la bici a un costado, claramente no pensé que la fueran a robar y subí al pabellón donde atendí pacientes de vacunación, Alrededor de las 3 pm ya había quedado libre.
A la salida lo encontré mirando los glaciares, después de 5 minutos de tartamudeos, articulo palabra y me atrevo a decirle que hace frío y sugerir que es mejor tomar algo caliente. Me contesta OK para luego preguntarme si quiero ir con él por un café, le digo que sí y el corazón se atora en la garganta, luego me acuerdo de “Pulgas” y le pido que me espere que debo ir por la bici, me contesta que la deje, que él me lleva, le digo que no, que la necesito para mañana, le explico lo del perro y le digo que lo alcanzo en el café. ¡Voy por la bici al estacionamiento y descubro que no está! ¡Infeliz ladrón!
La busco por todos lados, nada, de la bici ni el rastro. Trato de alcanzar entonces al genetista. Tampoco. Empiezo a caminar hacia el café molesta conmigo misma, ¡en Alaska también roban! Pienso en ese asunto de los recursos y llego a la brillante conclusión que la expresión “ganarse la vida”, cada vez tiene más peso.
El sol empieza a ponerse y su luz da sobre los glaciares, siento una mezcla de admiración y espanto. Camino un poco más rápido, hace frío, pienso de nuevo en el perro y en que debería ponerle un nombre que también le sirva de alma, tal vez uno sonoro y lindo, tipo hielo. De pronto, se escucha una explosión, busco el sonido, sin embargo, la tierra empieza a temblar antes que mis neuronas hagan sinapsis, suena como si todo se rompiera por dentro, miro al cielo y la luz me encandila, hay demasiada, como si en lugar de uno, hubiese dos soles… No hay hacia donde escapar, algo golpea mi cabeza y siento como si me distorsionara; como si fuera tantas cosas al tiempo y ese misterioso segundo que separa una dimensión de otra, fuese eterno. Soy consciente que pronto dormiré otra vez, hay sucesos tan infinitos como posibilidades en nuestra imaginación. Ser y estar en la materia. Ser y estar en un rizoma. Me fragmento, ya no soy más la chica de Alaska; soy otra, o, mejor dicho, otras. Estoy despierta, aunque no por mucho tiempo, mi cuerpo tomará las impresiones de la realidad y estas quedarán plasmadas en mi alma. Sigo sin recordar qué vine a hacer, pero tengo fe, supongo. Llega el letargo y con él la muerte, la fuente de lo eterno se cierra.
