
Lo conoció una tarde de verano y se enamoró como la luna del océano. Quiso explicarle, mejor dicho, tenía que haberle explicado que estaba rota y encima había perdido algunos pedazos con el paso del tiempo; tenía que haberle dicho que sufre de pesadillas y se levanta gritando como una loca, despertando a medio mundo con ella. Pero no se lo dijo.
De cualquier forma, no importaba, ya que según ella la vida era algo así como una cadena de sucesos: -si metes la pata, la metiste, listo, ya está, no hay un atrás; o mejor dicho, lo hubo, pero ya decidiste. –
Solía hablar mucho, o lo suficiente según fuese necesario. Quería encontrar la palabra exacta que correspondía al suceso: la palabra correcta. Sin embargo, a esa “omisión” en particular, no había podido encontrarle palabra exacta, tampoco un inicio.
Ayer el chico la invitó a salir, el plan consistía en ir a drogarse a las montañas: -conectarse con eso que él llama el todo- A ella en cambio le cuesta creer en energías, sombras y luces, pero le gusta drogarse.
A los 18 años tenían la convicción que la vida era de ellos y que el futuro brillaba con luz propia, iban por la vida experimentándola, tomando del mundo lo mejor. Nunca sufrieron del mal de la época pues nunca se preguntaron nada, ni siquiera por sí mismos. Nunca supieron qué era el hambre o el frío, no tenían ese tipo de certezas, habían nacido con estrella en un planeta paradójico. Obviamente discutían acerca de lo justo, de lo injusto, sobre política… Era lo in, era importante parecer interesado.
Ella realmente no estaba interesada en nada, unos hijos, una familia, una casa, un auto y no engordarse era todo lo que soñaba. Mientras ese tiempo llegaba se drogaba.
El ruido de la ciudad, las caras de los mendigos, los perros enfermos. La basura, todo eso la perturbaba de sobremanera. -Soy una chica simple y eso no tiene nada de malo- se decía mientras su nariz daba un pase al infinito. ¿Timidez? un trago de alcohol puro. ¿Depression? pills. One trip and go to the sky. Just go… Easy, simple… there’s no war in my room.
La vida que se esfuma. Su cerebro indemne de ideas, los anillos de Saturno, la gravedad, el tiempo suceso tras otro. – ¿Estoy dormida? – Pero no entiende la pregunta.
A las 3 de la tarde el chico pasa a buscarla, viene con 4 de sus amigos así que tendrán que ir apretados. Un chico desconocido se pasa de adelante hacia atrás, liberando la silla que por derecho le corresponde en el auto de su futuro novio. Los chicos van drogados y ebrios, no piensan en nada, están extasiados con las sensaciones de su cuerpo. Al cabo de un rato suena esa canción que tanto les encanta, el éxtasis se desborda y suben la música a un volumen no apto para ningún oído, así es como, con la música alta y toda esa locura encima, no escuchan la bocina del camión que el chico trata de esquivar dando justo con un precipicio. La caída dilata el tejido del universo, ella mira hacia el infinito y le ruega a su Dios que retroceda el tiempo.
Un Dios perverso responde a sus oraciones distorsionando las variables, ella ve el auto pasar, escucha la música y decide correr detrás. Grita que por favor se detengan, grita más fuerte y pierde el auto de vista. Corre aún más rápido. llega al abismo. Se asoma y no hay auto. Luego reconoce a una de sus amigas sentada mirando hacia el horizonte, se acerca y le pregunta si desea acompañarla al baño. -Andá vos sóla nena, hay cosas que no pueden cambiarse- contesta la chica. Deja el abismo y va a un parador que está cruzando la calle, entra al baño, se lava la cara, levanta los ojos y no ve más su rostro, el espejo está negro, es entonces cuando escucha las sirenas. Luego, por fin su cara aparece en el espejo, tiene la piel pálida y de la boca, oídos y nariz sale sangre, también tiene un corte profundo en la frente. Lo siguiente es un paramédico tratando de reanimarla sin obtener buenos resultados; las voces se van apagando y la muerte llega sin más preámbulos. Todo se pone oscuro, luego despierta, está en la cárcel, es tiempo de dictadura. El agua recorre su cuerpo en pleno invierno.
