
El policía lleva una insignia en su pecho y fuma un cigarro mientras observa una araña en la esquina de la celda; tiene los ojos de un color verde profundo que combinan con su uniforme; al cabo de unos segundos más bien eternos, apaga el cigarro y reanuda el habla, insiste en que no me hará daño si delato a mis compañeros. Yo no entiendo, yo no sé nada, yo no conozco a nadie.
-Deme un nombre- Luego pone algo sobre mis pezones, entonces viene la descarga eléctrica.
-Ya le dije que no sé nada- grito con todas mis fuerzas. Él acaricia mi cabello, -Todo va a estar bien, deme un nombre y acabamos con esto-
-Cualquier nombre que se me ocurra decirle será el de una persona inocente, no podría vivir con eso- El tipo sonríe; -El santo tiene la polla bien grande, como le gusta a las putas que se creen un buen ser humano, así como vos- Otra descarga eléctrica, llena de odio y sevicia. Ruego a Dios por morirme, abandonar el cuerpo y con él la tortura.
-Un pene gigante que te atravesará del ano a la boca- Escucho la voz del Santo y mi propia esencia se perturba. Me ponen boca abajo, entonces el Santo me penetra, me muerde, me corta y hace otras cosas que ninguna mujer es capaz de mencionar sin alterarse profundamente. Al principio pedía piedad, lloraba, suplicaba, pero las bestias se excitan ante la debilidad, fue entonces cuando recurrí al silencio.
-Maldita perra, te gusta cierto, ¿por eso tan calladita? ¿Mi pene gigante te gusta? Te voy a dar toda la noche y cuando no me quedé nada en los huevos, llamaré al guardia de turno y al siguiente y al siguiente y luego te dejaré follar por los perros-
El tiempo se dilata y ese segundo en el que mi cuerpo destella de dolor se hace etéreo: es ahí, cuando el discernimiento se abre y puedo ver la sombra que se traga su energía; puedo comprender mi propia feminidad, la configuración de mis moléculas, la fuerza que reside en mi aparente debilidad y que despierta esa indignación ante la opresión, una rebeldía que destierra la tortura.
Me refugio en el silencio profundo.
Consciente de que no hay nada que pueda hacer, cierro los ojos.
Consciente de la violencia masculina que todo lo inunda, me aferro a mi naturaleza femenina.
Soy marea y viento, me digo.
Su fuerza es moderada, la suficiente para inmovilizarme, la suficiente para no matarme. Entonces ruego para que apriete su mano, para que mi cuello se quiebre entre sus dedos como si fuera el de una gallina. Sigo en silencio mientras el Santo se ríe: -Me gustan las putas con carácter- dice y me viola con más fuerza.
Elevo mi alma a los misterios, me elevo y ya no puede tocarme, me elevo y ya no siento el cuerpo, me elevo y ya no soy nadie, me elevo y estoy y no estoy; y soy y no soy y estoy despierta…
Una voz al fondo ordena: – ¡Ya basta, llévenla al calabozo! Derechos humanos llegará en un par de horas- El abusador se detiene, posteriormente me lava, me pone algo de ropa, y me obliga a darme dos pases de cocaína, según él, para que me sienta mejor. Me llevan al calabozo, la cocaína me pone mal, estoy a punto de explotar, el corazón se acelera y el dolor se desvanece. En poco tiempo la sensación de aprehensión se hace más fuerte; las mismas 4 paredes. ¡La claustrofobia y el aire pesado de mi propia mierda! El lugar de la tortura es el cuerpo me digo; es entonces cuando los escucho por primera vez, el tiempo se detiene y la curvatura del espacio tiempo se distorsiona. Escucho mi nombre y existo de nuevo.
-No encuentro el camino de regreso- les digo. -No hay regreso- me contestan: -Es la guerra y la imposibilidad de encontrar a Dios, no hay regreso porque el universo completo, con sus dimensiones, está hecho para ser experimentado y en esa experimentación aparece el caos y la sombra. Lo que quiero decir es que en todas las dimensiones hay guerra-.
Escucho el calabozo abrirse, me es imposible registrar el tiempo así que no logró saber cuánto estuve soñando. Para despertarme ponen soda con tabasco en mis oídos, me levanto gritando y saltando, – ¡Derechos humanos! – comienzo a vociferar como quién llama a su mamá cuando está en problemas, al parecer el espectáculo les resulta muy gracioso porque ríen a carcajadas. El desespero me invade y me lleno de ira, golpeo a uno en la cara, -muy machitos los malparidos- les digo, – A ver, ¿cuál de ustedes va a ser el que me mate? La lluvia de patadas no se hizo esperar, afortunadamente. Estoy tan reventada por dentro que calculo la muerte vendrá pronto. De nuevo me desnudan, sigo consciente, uno tras otro violentan mi cuerpo. El segundo previo a la muerte aparece lleno de estrellas e infinito, la luz empieza a apagarse y el odio a desvanecerse…
Dejo el cuerpo inerte de la joven, ellos no se dan cuenta que la chica ha muerto y continúan violándola. No tengo mucho tiempo, así que trato de encontrar el origen de la voz. La cárcel está atiborrada de sombras que se pegan a la carne, el olor es nauseabundo y varios espectros observan mi muerte; definitivamente, es mejor salir pronto de este lugar.
