
Se despertó en cuanto empezó a despellejar su piel. Las luces de la madrugada destrozaron las ganas de vivir de aquellos habitantes de la calle. Los estigmas y las marcas impresas en los cuerpos de los seres destinados a errar, eran inadmisibles en la ciudad de los espejos.
Estaba determinado que su destino era una cuestión del azar, simplemente azar y variables. Su búsqueda se limita a las drogas y a los desatinos propios de una mujer “enajenada”. La prostitución, las calles y un aborto clandestino que llevaba impreso en su alma, constituían su mundo. El deseo incomprendido de morir por algo -al menos un pequeño episodio poético antes de dejar la carne para banquete de gusanos- una idea que la mantenía viva de una u otra forma, una especie de paradoja pusilánime que atormentaba su alma etérea y que soportaba el débil balance entre la vida y la muerte de aquella mujer rota. Sin embargo, no siempre estuvo rota, solía leer todas las tardes detrás de la biblioteca, un lugar que según ella -resultaba lo suficientemente fresco para lograr concentrarse- En aquellos días tenía el alma echada al viento y un halo de misterio y belleza que la envolvía. Para ella las cosas eran intangibles, la divinidad era una cuestión que a la carne no le correspondía y la conexión con la tierra una especie de aventura simulada de hipster… Ella existía para sí misma y para todo lo vivo; para la poesía y la ternura de eso que ella describía como amor y que en últimas era lo que consideraba, “la resistencia”. Soñaba con un mundo sin jerarquías donde la ciudad de los espejos cayera y las cosas tomaran el nombre que les correspondía. Sin embargo, de aquellos tiempos era poco lo que quedaba y ahora deambulaba sin destino alguno aguardando la muerte, con los ojos perdidos en el infinito o en eso que ella llama «la nostalgia de los recuerdos».
Él le enseñó a odiar, le mostró el absurdo de sus sueños y su rostro al final del día, un rostro perdido entre letras y libros, destinado a comparecer ante el tribunal de las moralidades religiosas por ateísmo y exceso de humanidad; él se presentó como un ser divino, una especie de hijo de Dios a quién le fue concedida la gracia de juzgar la naturaleza femenina.
Se hizo chiquita y amarga, él tomó de su sangre todos los sueños, risas y misterios de los que ella hacía parte y de los cuales él había sido excluido. Le sacó las ganas y la alegría; entonces, todo se hizo tormenta y oscuridad, comenzó a romperse por dentro y pronto se sintió vacía, perdida en el tiempo, en la circularidad de los eventos, aletargada y distante. Luego sucedió lo del niño; la última decisión inteligente pues según ella, no merecía venir a un mundo donde nadie tenía el suficiente coraje para amarlo, el pobre chico sería la excusa que le permitiría al padre tejer los hilos de poder que la enlazarían a él para siempre. Sin embargo, en noches estrelladas le dedica algunas lágrimas y una canción de cuna:
Respiro y te siento; cerca como el agua del viento.
Amar hasta que no queden labios.
Despertar con tú sonrisa,
Despertar con tú sonrisa…
Luego, duerme anhelando ver el mundo de otra manera, anhelando una tragedia menos, duerme al lado del hombre de turno, en una habitación sórdida y maloliente, hecha de cartón y latas, uno de esos lugares por donde las ratas se pasean impunes y miran a los vivos con sus ojillos aterradores. Cuando despierta, le cae el peso de la realidad encima, el desespero aterrador que reviste el amanecer en algunas personas la saca de la cueva, la lleva a buscar el jíbaro de confianza y así inicia el día, o mejor dicho la tarde, ya que la mañana la dedicó a dormir y la noche a lo de siempre. A eso de las 6 pm decide aventurarse hacia lo profundo de aquel asentamiento humano, no había muchos clientes en el sector que ella frecuentaba y era menester conseguir algo de comer. Caminó a la deriva entre calles desconocidas hasta llegar a una pequeña montaña desde donde divisaba la ciudad de los espejos y recordó el día en que había cruzado el muro huyendo de todo lo conocido, dispuesta a permitir al mundo tomar su carne y hacer de ella lo que quisieran; recordó el día en que había perdido la fe y la capacidad de mantenerse ecuánime jugando con la multiplicidad de personajes que representaba en aquella comedia humana. El día en que cruzó el muro desterró el miedo y se dispuso a esperar la muerte.
Pasó otros 10 minutos con la mente en blanco hasta que sintió una sombra que la observaba y una voz que desde adentro le decía “corre”, no quiso escuchar. Se quedó mirando hacia el horizonte a la espera de algo, fue entonces cuando una manada de carroñeros llegó, la tomaron por los brazos y la desvistieron, ella no se movió, ni siquiera intentó defenderse: -Tenía que aguantar con estoicismo, tenía que romper el corazón por dentro para que sane; tenía que abrirlo y dejarlo expuesto, sacar la malasangre como hacían en la antigüedad… Abrirlo y sellarlo de nuevo, destrozar los sueños fallidos y poner en su lugar unos nuevos. Tenía que estar ahí y aguantar con estoicismo, darle rienda suelta a la percepción, a la experimentación de un mundo en donde el olvido y la tragedia constituyen el eje de todas las historias. –
Ella supo que estaba despierta desde el mismo instante en que cruzó aquel muro de la infamia. Los dejó hacer y deshacer lejos de todo dolor o sensación de miedo. No sabía exactamente hacía cuanto tiempo estaba muerta, pero ahí estaba, en un mundo abstracto y energético, totalmente despierta, evaluando cada milímetro del entorno en el que se hallaba. Al cabo de un rato, se dio cuenta que había perdido la cuenta de las vidas y dimensiones en las que había estado y el cansancio empezaba a evidenciarse, pues el peso de los recuerdos era cada vez más extraño. También había crecido, o lo que se pueda entender por eso. El lugar estaba lleno de sombras; convertirse en sombra era caer en la total inconsciencia, no saber a dónde ir, no diferenciar una vida de otra, perder la totalidad de la fe; entregarse a un sí mismo que enajena y encima confundirlo con amor. Ser sombra era jugar a la culpa; ser incapaz de desterrar la moralidad de la carne, dejarse vencer por la amargura y caer en el ciclo del eterno retorno que lleva lejos de la esencia de las cosas.
Yo pertenezco al grupo de los que no saben su origen, ni su final… Sin embargo, si la carne pierde la fe, el espíritu debe conservarla; la fe en que todo tendrá un sentido, incluso si es un sinsentido como la muerte absoluta. Hay heridas que no parecen sanar, es el resultado del amor y la muerte. Otras, resultado del odio; pero las más profundas son las que corresponden a la indiferencia. Queda poco tiempo y es ineludible regresar, regresar las veces que sea necesario hasta comprender, hasta morir, hasta amar, hasta lo que sea o sirva para mantenerse ecuánime y no convertirse en una sombra de su propia alma.
