¡Otra vez tarde!  Dani me va a matar, ya lo escucho diciendo: -siempre tarde Violeta-, corro, el bus no pasa y me voy desesperando. No hay modo de tomar un taxi: en esta dimensión pertenezco a la clase social media baja, una estudiante de filosofía, artista: un ser sensible y optimista que llega tarde.

Del bus, ni rastro. Dani quiere que compre una bici pero me da miedo que la roben; digo, no quiero perder mi vida, hay personas que de una patada podrían sacártela, o de un machetazo, depende de la creatividad y las ansías.

Se que debo llegar temprano y que es una falta de respeto lo contrario, el asunto es que me cuesta; la idea de alargar el tiempo durante el cual estoy segura en la calidez de mi casa que a su vez me permite evitar la incertidumbre del afuera, me hace llegar tarde. Entonces por más que me esfuerzo, por mas que adelanto el reloj y me ingenio 3000 trucos, nada, no funciona NADA.

El bus pasa atiborrado de gente, yo los miro y me miro como una de ellos, una entre 6000 millones o 7000? Esta jerarquía tan arraigada en los imaginarios colectivos, esa voluntad de poder que impone y detenta la verdad hace que casi no entre en el infeliz bus; mejor dicho, entro a empujones. Una señora me observa desconfiada (¿será por mi «outfit» de hippie?), piensa que la voy a carterear supongo. Alguien me pisa, no puedo respirar, se me baja la presión y es justo en el momento en que siento que estoy a punto de morir que suena el teléfono, pero no puedo meter la mano en la cartera PORQUE ESTOY COMO SARDINA ENLATADA. Seguramente era Dani preguntándose si llego o no llego. Voy 20 minutos tarde y no logro avisarle.

El tráfico, las luces, la lluvia, los abrigos de la gente y las manos en los bolsillos. El cielo gris con su aire de tristeza que se mezcla en eso que uno respira. Mis lágrimas, nuestros sueños hechos pedacitos rotos; el tiempo que no se detiene y el inevitable final, ese final en donde todos somos iguales.

Bajo del bus corriendo, feliz de sentir la brisa y esa lluviecita fina de una tarde de otoño, feliz de sentirme viva y definitivamente, feliz de no estar más en ese bus de mierda que aniquila buenos humores.

Dani tiene la costumbre de esperarme abajo del edificio, yo sigo sin entender por qué, especialmente porque me es imposible llegar a tiempo. Lo veo de lejos, tiene sus ojos clavados en el celular. Me tiembla el cuerpo al ver su silueta pues lo amo profunda y despiadadamente. Mi sonrisa se hace gigante en cuanto el levanta la vista y me sonríe; entonces, guarda el celular y cruza la calle sin mirar a los costados en el momento exacto en que viene un auto a toda velocidad… Lo demás sucede en cámara lenta, y yo que siempre imaginé  que eso era un cliché; su cuerpo vuela por los aires y el auto le pasa por encima escapándose.

El asesino lo deja ahí tirado y yo grito, grito con todas mis fuerzas. Grito al universo, porque esta vez, después de tantos intentos éramos él y yo. -Dani, escúchame Dani, olvídate de irte, vos no me podés dejar acá, esto es un moridero. Dani, no te duermas, dale loco, no me hagas esto- Entonces el corazón como que se me sale del pecho, él me mira y sus ojos profundos se dilatan, me regala una última sonrisa y entonces grito más fuerte…

-Dale, despiértate- le digo. -No quiero más este juego-, y lo muevo un poquito, suavecito para no lastimarlo. -¡Ayuda! – La ambulancia no llega y esa impotencia absoluta que tiene la vida ante la muerte se hace tangible, se hace sangre que pinta el pavimento.

Los paramédicos llegan y sin preámbulo me dicen que ya está, que lo sienten mucho. Una voz que aún me persigue en pesadillas, incluso en otras dimensiones, continua hablando: que van a llamar a la fiscalía, que ellos tienen que hacer el levantamiento del cadáver y establecer el tipo de suceso porque las características son de homicidio, que aguarde, que aguarde otra vez, que debo ser fuerte, que si quiero llamar a alguien… y otras cosas que no fueron escuchadas pues en todo lo que pensaba era en su cuerpo aún caliente. Lo abracé y me fundí en él antes que el alma lo abandonara. Fue nuestro adiós profundo.

La culpa comenzó a invadirme; 3 meses después me suicidé con una sobredosis de heroína que resultó de lo más extraño, pues tuve consciencia de lo que sucedía hasta el último instante en que estuve viva. Ya Dani me lo había explicado pero no le creí, era un buen médico, amaba la literatura, y vivía fascinado por el efecto de las drogas en las artistas melancólicas como yo, supongo que por eso me amaba… Poco a poco me fui yendo sin mucho misterio. Ahora estoy en el limbo despierta y asustada, pues el suicidio es algo nuevo y lo que parecía una vida maravillosa, diseñada para encontrar lo que estoy buscando,  se fue exactamente como llegó: sin ruido, sin que el mundo se reuniera ante tal acontecimiento. Nuestra muerte quedó impune ya que en la monarquía del dinero un cuerpo es factible de ser comprado. Ellos compraron el nuestro.

 

 

 

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