
Estoy parada al frente de la ventana. Afuera la lluvia inunda el silencio. Todo está oscuro. Hay tempestad; sin embargo, no siento miedo porque tengo un hueco en el pecho que me come por dentro.
El llega cuando el reloj toca las 10:00 PM; la campana y sus pasos se sincronizan, ambos obedientes al tic tac del tiempo. Igual que las noches anteriores, deja el maletín encima de la mesa. Las llaves al lado. Va derecho a la cocina. Toma comida de la nevera: un sánduche con moho en los laterales. Se dirige a la mesa, no sin antes deshacerse del maletín. Se sienta. Organiza sus cubiertos con meticulosa y obsesiva seriedad. Se lleva el sánduche mohoso a la boca con las manos, sin tocar los cubiertos siquiera.
– ¿En dónde estoy? –. Puedo ver como el moho se mezcla con su saliva. – ¿Quién soy? – Traga. – ¿Qué está pasándome? – Otro mordisco…
Siento como el miedo invade mi cuerpo, tengo un nudo en la garganta, doy vueltas desesperadas alrededor de la mesa, tiro las llaves, busco mover las sillas… Nada sucede.
–¡ERES TÚ QUIÉN ME HACE INVISIBLE! – de todas formas gritar no sirve de nada. Según cómo veo las cosas mi situación no va a mejorar. Especialmente porque no me escucha.
El sonido del viento entre las hojas acuna mis oídos llevando el desespero a una calma inusual que se aproxima a un dormir humano -. Es entonces, cuando aparece algo similar a voces que provienen de otro algo que no tiene espacio ni tiempo; un ambiente gris, un limbo y la entrada a una dimensión alterna, como a un sueño…
– ¡Basta con ese asunto! Las únicas hadas mágicas, príncipes y princesas que hay, ¡están en tú cabeza! En lo que concierne al amor, ¡NO EXISTE! porque para eso se necesitan dos y yo sólo veo uno Marina – Desperté a las 3:00 AM. A la hora en la que todos los fantasmas nos despertamos –
Di unas cuantas vueltas alrededor de la sala… De hecho, lo que hice después, fue una especie de meditación absurda sobre lo etéreo de mi existencia. No puedo definir si estoy dormida, si es que dejo de existir por momentos, sí el tiempo se ha detenido para mí como en esa película del día de la marmota; o, y este pensamiento me resulta aterrador, soy un pedacito olvidado.
Ahí es cuando me desespero y siento que el aire se agota, yo misma me agoto, es decir, me acabo de a poquitos. Paso el tiempo merodeando, cosa que hago por vil costumbre. Luego de unos minutos su voz rompe la densidad. Me mira, o sea, ve a través de mí porque no me ve, al menos eso parece. -Marina- susurra e inicia el lamento de todas las madrugadas, exactamente después de tomar la última gota de su café.
-Te dije que a las 3 de la mañana no había autobuses, pero tú decidiste que si había y encontraste uno, uno imaginado, desterrado de su lugar en el mundo. Dijiste que no volverías y agarraste tú maleta, tres monedas y todo tu coraje. Te vi irte en lo profundo de la noche, con tus sueños colgando de las estrellas de tu cabello; caminabas al infinito, alta y refinada. No miraste atrás. No miraste tampoco cuando te llamé-
Yo le escuchaba atenta. En sus ojos el calor se extinguía dando lugar a un eterno invierno. Me acosté en su cama. Lo observé algún rato; su nariz, los ojos grandes con sus lágrimas de cristal. Su boca dibujando un arco invertido. Palabras incoherentes. Las manos contrayéndose contra su pecho y un grito ahogado en la almohada.
Varias pastillas y el buen tiempo hicieron lo suyo: los sollozos cedieron a una tranquila respiración, sus ojos se cerraron y yo me acomodé de lado y al frente de él. ¿Cómo es posible llegar a ese estado tan lamentable? Me pregunto mientras juego a tomar sus manos entre las mías. Quiero sentir algo del calor tan vivo que emana su cuerpo. Sin embargo, el juego se acaba en cuanto descubro que intentar tocarlo es frustrante. Quiero llorar, pero no salen lágrimas de donde se supone que deberían salir, tengo todo ahogado y retenido. Siento que exploto por dentro, mejor dicho, implosiono.
¿Qué soy?
Logro calmarme y me duermo; de repente, se cierran las puertas de la percepción a esta realidad que no es la mía.
Abro los ojos y ahí está ella, o mejor dicho, ahí estoy yo. Tengo la mirada clavada en el cielo. Él fuma un cigarro en la otra esquina de la habitación y camina de un lado a otro, está visiblemente enojado, apaga el cigarro y se dirige a mí. Me toma la mano – ¡No más! -, Escondo mis manos. – Me voy, es necesario que lo entiendas. – y cojo una maleta ya preparada.
Por ridículo que suene, me vi irme.
Me desperté angustiada; o quizás nunca desperté. Él se había levantado de la cama y miraba a través de la ventana. -No es que no pueda verte Marina. Te ignoro que no es lo mismo. Ignoro nuestro pasado y nuestro posible futuro. Pero aquí estás, eres ese algo etéreo que me sigue a donde quiera que vaya.
Fue entonces cuando descubrí que yo era su tristeza y su amargura. Que estoy hecha de un millón de lágrimas; que soy la culpa que lo invade y un pedazo de su miseria. Era cuestión de tiempo para que yo desapareciera.
Al siguiente día, el ciclo iniciaría de nuevo.
