–¡Yo como que le pondría una bomba a todos esos hijueputas! Dijo mientras hincaba los dientes al espárrago grillado en aceite de oliva–. No comía carne por cuestión de principios, pero estaba dispuesta a ensartar cada pedazo de la de ellos y darla a las hienas hambrientas. “A fin de cuentas la población de presas salvajes había diezmado considerablemente por su causa, así que lo justo era darles de comer esa carne”. Sin embargo, le mortificaba el hecho que quizás terminara envenenando a las hienas y llegó a la conclusión que lo mejor era tirar esos cuerpos a algún volcán. –Como en el señor de los anillos –repuse desde la otra sala–.
–¡Sí exactamente! Para quemar toda esa maldad y que no aparezca más en el planeta tierra –Solté a reírme– no era la primera vez que desde el otro lado de la sala ella explicaba en 3 segundos su día y en 15 minutos realizaba un enlace entre el sistema, la sociedad y “ese asunto de ser humana” para rematar el relato con alguna conclusión insospechada:
-Algún día, vas a ver; algún día el mundo se va a levantar y ese 1% que nos ve morir a través de sus cristales y sus perfumes va a perder todos sus privilegios. –Luego se quedaba callada, clavaba los ojos al infinito y sólo Dios sabría en qué podría estar pensando ya que nunca llegué a preguntárselo o, ella a decirlo. Luego simplemente retomaba la cena, me contaba algo acerca de un perro o un gato que vio durante el día; y que, de hecho, se lo había mejorado considerablemente pues según ella –La forma que tiene las patitas… ¡Y los bigotes! ¿Les has visto los bigotes? ¿cómo los mueven? quiero decir, al mismo tiempo con la cola, y la baten así… ya sabes cómo. La mueven de un lado a otro, así… Después te miran con esos ojos tan bonitos y profundos; porque son profundos ¿viste? como los de Panelita… –Entonces se entristecía y enmudecía por 3 segundos, que a mí parecer resultaban eternos. Luego retomaba y decía abiertamente –Un perro o gato le mejora el día a uno, eso es inevitable.
Era entonces cuando levantaba el plato, se servía una copa de vino y se sentaba al frente del computador con el fin de buscar una canción que le inspirara la noche…
– “Ain’t no sunshine when she’s gone
It’s not warm when she’s away
Ain’t no sunshine when she’s gone
And she’s always gone too long
Anytime she goes away”.
Y los ojos se le marchitaban como si en ellos pudiera habitar toda la tristeza del mundo… Luego hablaba de sus sueños, de cómo logra concebir la inmensidad del universo cuando lo que experimenta es surreal:
-Es una cuestión matemática –Decía al mismo tiempo en que prendía un cigarrillo– como somos la medida de todas las cosas, es difícil comprender algo diferente, pero cuando sueño… Cuando sueño que me hago diminuta y que me subo a aviones de papel del tamaño de mariposas; ahí, amor de mi vida, es justo ahí, cuando entiendo las proporciones. Porque desde ese punto imaginario puedo observar el infinito, desde ese punto de apoyo puedo mover mi mundo. Entonces, las corrientes de aire nos llevan a su ritmo y las cosas que se ponen de cabeza también son fruto de un cambio de perspectivas. En mi avión no había ventanas porque toda la parte de arriba era de cristal. La parte de abajo tenía miles de colores. Ya te dije antes, soñé con un avión mariposa y yo una pulguita chiquita mirando al mundo y al cielo estrellado.
– Nunca podré entender esa paradoja entre amar la vida y desear la muerte… – Tuve la mala suerte de decirlo, pues lo que vendría a continuación sería una charla sobre el tema, algo en lo que nunca me ha gustado pensar. La vi morderse el labio en silencio, era el gesto que usaba cada que analizaba algo.
– A mí me gustaría morir al atardecer –repuso– ver el día cuando se despide, observar al inmenso sol dar espacio a la pequeñísima luna para que todos los fantasmas la habiten. Morir de día sí, bajo el sol cálido de una tarde de primavera.
– Perdona que te corte la inspiración, pero sabes que te vas a morir en invierno, a la medianoche, un día cualquiera. – Le dije yo mientras me servía un poco de café–. ¿Y? ¿Ahora eres vidente?–puedo sentir tú ironía, contesté. – Claro que me voy a morir en invierno –continuó ella– ¿cuándo has visto que la gente se muera como quiere? excepto por las malas personas, con esas el diablo tiene compasión, mueren en sus casas ¡nunca nada catastrófico! no se accidentan, no les da cáncer, ni siquiera un rayo les cae… Es más, podría asegurar que sólo las buenas personas sufren-.
-Por cierto, no te he contado, el otro día me mordió una rata-.
– Dónde? ¿Trabajando en el jardín?
– Sí, era una de esas ratas gordas. No sé de dónde salió y tampoco me he tomado la molestia de averiguarlo, así que decidí adoptar un gato.
Efectivamente ahí estaba el mordisco. Se veía un poco inflamado, por lo demás parecía estar bien, al menos no se veía purulento.
– Y qué hiciste?
– No, aún no lo adopto.
– No hablo del gato Marina ¿cómo te mordió la rata?
– No quieres saberlo…
– Ya puedo imaginar de qué tipo de historia estamos hablando-. Repuse entornando los ojos.
– Pues…- la vi bajar la mirada al piso, tal vez avergonzada. – Realmente al principio pensé que se trataba de un gatito bebé o algo, ya sabes que yo sin gafas no veo mucho. Quise hacer mi buena acción del día, traté de atraparlo y bue… Me parece que la rata estaba muy cómoda en dónde estaba porque evidentemente no le gustó mucho la idea que yo intentara sacarla de ahí…-
– ¿Cómo puede ser que no diferencies un gato de una rata?
– Es por la necesidad de afecto me parece ¿qué quieres que te diga? tenía muchas ganas de un gato supongo, entonces uno ve lo que quiere ver y pues ya ves tú ¡confundí un lindo gatito con una rata inmunda!
Lo dijo con tal ironía que casi no me aguanto la risa –¿Y qué hiciste con la rata?
–La eché, ¿qué querías? ¿Qué le tuviera hijos?
Entonces, ya no pude contener más la risa con el consecuente karma instantáneo –tiré accidentalmente el café– Ella me miró tranquila, sin expresar emoción alguna, giró su cabeza hacia la ventana y cerró los ojos, quizás tratando de imaginar otro mundo, otro escenario menos dantesco…
La fiebre empezó una semana después, fuimos al médico y dijeron que tenía dengue, la enviaron a casa con un par de tiras de acetaminofén en el bolsillo. Nos indicaron que era necesario revisar si aparecían marcas en la piel que indicaran sangrado, pequeños pellizcos o algún signo de alarma… La fiebre no se fue más. El sangrado nunca se vio porque estaba adentro: ella lo llevaba metido entre las costillas y los pulmones. Al menos así lo entendí. Me explicaron que era un bicho alojado en sus riñones. La dializaron…
Fue al amanecer, a la hora en que el sol espanta todos los fantasmas cuando ella sin pensarlo dos veces tomó la decisión de dejarse ir, tomar un avión de papel que la llevara al infinito.
De la rata supe que aún está viva, ha engordado notablemente y ha conocido otras ratas, se lleva muy bien con ellas. A veces me la cruzo en el camino, siempre va con prisa pues experimenta el mundo con ansiedad.

