Me desperté llorando, tratando de ubicarme en espacio y tiempo. Me desperté suplicando por ese Dios que nos es tan esquivo. Pero Dios no estaba ahí, no en mis pesadillas, mucho menos en mi realidad:
Calculo que alrededor de las 3 am aconteció lo que voy a narrar a continuación, digamos que había tenido uno de esos días normales (cada vez menos frecuentes), en los que ningún suceso realmente importante tuvo entidad, hasta que llegó la noche y me fui a dormir. Al cabo de un rato de sueño profundo desperté en una habitación blanca con una silla marrón en el centro; entré y me senté en ella esperando a que los minutos pasen, digamos que esperando mi destino. Miré hacia el frente buscando algo conocido, la habitación estaba vacía y me revolvía las entrañas, la certeza de mis razones abría paso a la ansiedad. No debí abrir la puerta me dije, pero ya no había manera de volver, la onda expansiva avanzaba desde el mismo instante en que entré a ese lugar y yo lo había aceptado. Es aquí donde el sueño se pone nefasto pues lo que había sentado en esa silla era mi alma y mi cuerpo, pero el alma era de cristal, iridiscente, una especie de réplica de mis formas y sensaciones: parecida a las alas de una mariposa azul. La onda se acercaba como un maremoto, le pedí que se levantará, que abandonara y corriera tan lejos como le dieran las piernas, pero siempre he sido terca y problemática: permanecí ahí sentada viendo como la onda venía hacia mi e impactaba todo lo bueno que aún me quedaba ¿Alguna vez viste un espejo roto? Así terminé después del choque; luego vino el dolor, un dolor agudo que todo lo distorsiona, que no deja respirar y se queda entre las costillas, que hace fuego la carne, los pulmones y los sentidos… Desperté con la pulsión de muerte mezclada con las ganas de pegarme un tiro en el centro del pecho. El rostro de mi padre, de mi hermano, la culpa que fluye por los ojos de mi madre y esa sensación de lástima que genera mi historia: salimos en todos los tabloides de la región, “ASESINAN A SANGRE FRÍA A ACTIVISTAS DE DERECHOS HUMANOS: PADRE E HIJO. LA HIJA ES VIOLADA, LE DISPARAN Y SOBREVIVE: La chica permanece en cuidado intensivo fuertemente custodiada”. Llegan los recuerdos y con ellos el mareo, el vértigo, y la misantropía. Un torrente adrenérgico golpeó mi cerebro para luego sentir como mis pupilas se dilataban… Era muy tarde, lo que pensé que tenía bajo control no era más que la elección de vivir como he vivido los últimos 10 años de mi vida: con miedo. La sensación de tortura que necesito para saber que realmente sigo existiendo. Los cortes en mi piel para asegurarme que me queda sangre en las venas. Las malas elecciones para darme cuenta que aún tengo lágrimas y que soy capaz de llorarlas…
Entonces llega él, una de mis malas elecciones, con sus ojos azules, con su mirada taciturna y sus labios de cristal a cagarme y cargarse en lo mucho que he logrado después de tanta tragedia de mierda, llega él para recordarme (como si no lo supiera) que la vida no puede ser perfecta y que despertar ya no será magia, poesía y valentía, despertar de ahora en adelante será caer de una patada en la mismísima realidad, será verlo irse, saberlo distante, será olvido y tristeza, duda, indecisión y un poco de desesperanza; despertar para sentir aquella pulsión que me llama al abismo o simplemente para saber que mi destino es mi suerte y que el odio que siento hacia la humanidad es del mismo tamaño del amor que alguna vez le tuve.
Mi padre no estaría orgulloso, mi madre tampoco lo está; sin embargo, el recuerdo de aquella alma fragmentada es más de lo que cualquier humano puede soportar.
Después de llorar un buen rato, decido que es tiempo de poner el alma en su jaula, -estoy inservible- me digo. Prendo la máquina nespresso, es un café que siempre me ha agradado porque no debo limpiar nada. Voy al baño, reviso si alguna arruga nueva surca mi cara, llorar suele dejar marcas en todos los lugares imaginables. Me baño, me visto teniendo cuidado de la estética y la belleza, reviso que tenga la billetera, el celular, las llaves, una hoja y un papel. Congelo el corazón y me dispongo a ser una más entre el montón, una más entre 7000 millones, un ser gris con destellos iridiscentes que se pasea por el mundo con la certeza de saberse innecesaria, prescindible; un ser humano cualquiera, consciente de su destino y su pequeña carga. El chico de cristal me mira desde la otra esquina, pronto él también va a desaparecer y todas las lágrimas que han sido lloradas a través de los siglos lloverán sobre nosotros para darle paso a la muerte.
