
Las luciérnagas titilaban en el borde de su locura. Flashes al unísono evocando recuerdos ya no tan vivos y poemas vespertinos. La luna a sus pies y una barquita de papel flotando lejana. Desde ahí todo parecía tener un nombre y un sonido. También un color, de esos saturados en magenta. Estuve presente en el cambio de las cosas existentes y reduje los relojes a ceniza para no ver el paso del tiempo; sin embargo, era una falacia.
Desperté pensando que la cama estaba demasiado llena de fantasmas, podía sentir en mi piel sus dolorosas ganas de permanecer vivos; pero las ausencias que no se escuchan, dejan soledad a su paso dispersando los fantasmas entre lo invisible y las palabras no dichas. Ayer quise hacer todo bien, entonces salió todo mal. Ayer quise darme un trip por el universo y descubrir lo que me ha sido negado.
En mi cabeza solo hay colores y sonidos. En mi cabeza, las cosas del mundo son incomprensibles y no tienen sentido. En mi cabeza, el borde de la locura es amplio y llena todos los espacios plausibles, distorsionando la realidad, develando surrealidades y cobrando su precio en mi pulsión de muerte.
Escribo intentando con ello caminar. Descubrir en los laberintos de la existencia los atardeceres perdidos y las luces de neón que hacen del mundo una fluorescencia. Escribo para imaginar realidades alternas, unas en las que la magia determine las ideas y el corazón se ponga primero.
Quería componer una imagen poema para no darle entidad al mundo material y no alucinar con la metafísica. Uno en donde hubiese un campo verde, un atardecer en degradé naranja y azul, y cientos de luciérnagas danzando. Uno en donde estés vos…
