EN LAS MEMORIAS DE LA HISTORIA.

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A las 22:30 se ve pasar la caravana de coches militares llevando nuestros muertos, el silencio al que hace 9 días estamos acostumbrados se torna aún más pesado, a la gran mayoría se les enterrará sin haber dicho adiós.

En este mundo una Pandemia se ha tomado las calles acabando con los ancianos, haciendo de los jóvenes un vector de contagio. Asistimos a la caída de un sistema económico diseñado para esclavizar voluntariamente.

Soy cineasta, cursa el año 2020, vivo en Europa y me dedico a la dirección de fotografía. Nací en una época sin guerra, pero neoliberalista. Nuestro sistema económico se basa en la idea de recursos infinitos mientras la sociedad acumula una deuda de más de 30000 euros por cabeza. Una deuda también infinita.

El lugar de partida fue China, 3 meses atrás los titulares sobre el nuevo virus aparecieron paulatinamente hasta llenar las portadas de los medios de comunicación. Los primeros lugares afectados fueron las residencias de ancianos, se contaron muertes de hasta 20 personas en menos de una semana, todos procedentes del mismo lugar.

La China comunista se escucha lejana, a miles de kilómetros de distancia, tan lejana como las diferencias de nuestra cultura, quizás las diferencias del lenguaje, ese que cuesta tanto pronunciar en nuestras lenguas occidentales. No sabemos decir hola o Adiós, pero todos comprendemos el sentido de la palabra WUHAN y no es para menos, el nuevo trauma que se instala en lo más inconsciente de nuestra colectividad, nace ahí.

Nos vemos a través de nuestros balcones, sin tocarnos o sentirnos, algunos son asintomáticos, no sabemos si portan la enfermedad, así que el contacto se evita. Seres humanos atrevidos aún comparten besos o tazas con sus parejas, otros la almohada y los cobertores, quizás haciendo honor a su promesa sobre permanecer juntos en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte los separe.

Yo tengo un gato.

Pasamos horas buscando en los huecos de nuestra casa algún ratón, pensando en hacer crecer las plantas y dibujando luces en la memoria.

Han pasado 30 días, ciudades como Nueva York se muestran desiertas, la realidad que supera la ficción se instala en nuestros pensamientos y la idea de salir se torna remota y distante. No hay vacuna aún a pesar de los miles de dólares acumulados, ese 5% de la población que todo lo tiene (lo de ellos y lo nuestro), se ha escondido en sus islas privadas, en sus yates de lujo; los demás esperamos una caída inminente de esta pinche economía frágil. Ellos en cambio, se han enriquecido aún más a costa de la especulación. ¿Quién iba a creer que en las pistas de los aeropuertos la nueva piratería tendría fajos de dinero a la mano? ¿Quién iba a creer que un respirador significaría la diferencia entre vivir o morir y que serías elegido con base a la edad? Estados que retienen materiales de otros estados. Naciones empobrecidas por los millonarios robos de aquellos que ven en una pandemia la oportunidad para obtener peces gordos.

Los días pasan entre levantarse y ver el celular, hacer uso de una red virtual que nos conecta a todos, pero también nos distancia. Un oxímoron pienso, aprendí esa palabra el otro día buscando memes.

Hasta los años 80 del siglo XX, las políticas basadas en un estado de bienestar se instauraron en todos los países occidentales. Sin embargo, a partir del mismo decenio, el desmonte de dicho estado por parte de una facción del capitalismo más salvaje, llamada neoliberalismo, arremetió con fuerza, resignificando los discursos de 400 años atrás y sometiendo a las sociedades más vulnerables a una pobreza profunda.

Haré una especie de comparación con cosas que encuentro en las redes, para explicar como los discursos no cambian a pesar de la tecnificación de la sociedad.

Pero antes, he de decir, que en los 90 se creía que la ignorancia provenía de la falta de universalidad en la información. En pleno siglo XXI, la ignorancia se ha profundizado, la gente sabe leer y escribir, pero no comprenden lo que está escrito, los discursos se han infantilizado, las investigaciones rigurosas son despreciadas por pensantes de internet sin ortografía o coherencia. Por tanto, he de decir que la hipótesis es negada.

Retomando, en el siglo XVI, la palabra vagabundo es asociada a la palabra caymands (gente que pide limosna sin justificación), también llamados históricamente bribones, holgazanes, ribaldos, rufianes… -que, además- suelen tener profesiones de poca monta: arrancadores de dientes, exhibidores, juglares. U oficios reprobables: obreros, mozos, barberos, prostitutas…

Pero la definición más notable, o al menos la que a mí me encanta por esa cuestión poética de lo que decimos y en realidad pensamos; viene de la iglesia. Francisco I aportando a tema importante, en 1534 estigmatizó a: Todos los vagabundos, desocupados, personas sin reconocimiento y otras que no tienen ningún bien para mantenerse y que no trabajan, ni labran la tierra para ganarse la vida (…)

A ver, que el problema principal era que el pobre vagabundo no estaba inscrito a ningún linaje, ni estaba bajo ¨la protección¨ de ningún señor, ósea, no tenía amo. Recordemos que era la época del feudalismo, tenías que tener amo y trabajar arduamente para el. Tipo, te presto mi tierra (la que generalmente fue robada de algún otro, en algún punto de la historia), vives en ella, y generación tras generación me pagas. Podían pasar 5 generaciones y jamás obtener un lugar de pertenencia.

En fin, resumiendo, ser vagabundo era un delito, y además era un delito supremo, pues eras considerado un inútil, entonces Francisco I, «el caritativo», precisa que para los trabajos forzados que te habías ganado por vagabundear, era imprescindible encadenarlos de a dos.

Luego, por allá un empresario llamado Jacques Coeur, implementó LA PENA DE LAS GALERAS (Ya los empresarios en pie de lucha). Esto es, remar en las galeras del rey, por 5, 10 años o perpetuidad, dependiendo del número de reincidencias.

Haciendo un paréntesis, cualquier ser pensante se horrorizaría con esta historia, pero les aseguro que el neoliberalismo del SXXI aún basa muchas de sus ideologías en motivaciones tan antiguas y absurdas, y peor aún, en pleno SXXI hay quien las defiende.

Ahora bien, la pena más temida de todas para cualquier vagabundo equivalía a remar hasta las colonias. (América saqueada y violada por ladrones y vagabundos, ¿recuerdan?).

Para ese momento de la historia, las oleadas de captura de vagabundos estaban determinadas por la necesidad de tripulantes o por las primas que se daban a las gendarmerías por persecución y entrega. (¿Les recuerda a los falsos positivos de las dictaduras?).

¿Pero quiénes eran realmente los vagabundos? La gran mayoría se ubica en el área de obreros manuales o agrícolas sin recursos, sin linaje, hijos de familias campesinas, pertenecientes a una sociedad basada en la exigencia de trabajar, mas no en la libertad de trabajo…

Regresando al siglo XXI, y en plena cuarentena la discusión sobre las libertades individuales y el desarrollo del ser humano, que a su vez permite el desarrollo de la sociedad, aun arrastra el lastre del concepto de vago, a pesar de los avances en la compresión del comportamiento humano en relación con la productividad:

-Son pobres porque quieren-

-No quieren trabajar, quieren que el estado los mantenga-

-Mamertos comunistas-

-Todo lo quieren regalado, trabajen-

Pasan los días, y la desilusión de lo que claramente no se comprende me lleva a una crisis existencial, basada en la idea de la nada y del olvido, de las memorias que se fugan luego de unos cuantos decenios…

De esta cuarentena llevamos 30 días y faltan 30 más, eso dicen, nadie lo sabe. Hemos cedido nuestras libertades al miedo o a la cordura, solo la historia podrá definirlo en un futuro que no será nuestro.

Continuará…

Texto histórico tomado de: «La metamorfosis de la cuestión social» Robert Castel.

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