500 AÑOS NO SON TANTO

Para Samantha su vida nunca tuvo sentido. Decidió que –Un lugar en el futuro– era su nueva esperanza; eso o pegarse un tiro que le vuele el cerebro. Siempre había pensado que su nacimiento no tenía relación con el tiempo al que actualmente pertenecía. Sin embargo, ahora tenía la posibilidad de saltar su historia y aparecer en un nuevo mundo. Al final, el dinero que había heredado de su padre le permitía obtener casi cualquier cosa sin importar lo extravagante que fuera.

Samantha contaba con 27 años cuando se acercó al edificio de “Un lugar en el futuro”.  Arturo, de más o menos 30, la esperaba en su oficina.

En cuanto pasó por la recepción, se percató de una suave fragancia a violetas, la sensación de incertidumbre se le hizo palpable. No había una sola violeta en todo el lugar. Tomó el ascensor a la planta 12. Caminó por el pasillo hasta encontrar una oficina en la que se leía el nombre de quién buscaba. Tocó suavemente la puerta.

Una voz al fondo le indicó que siguiera. Observó el espacio sin encontrar una sola pista de la historia de vida de quién tenía al frente.

-Buenas tardes- Saludó Samantha.

-Buenas tardes. Por favor tome asiento.

Samantha se fija en los ojos color marrón del chico y se pregunta insistentemente quién es esa persona y por qué no tiene una sola fotografía en su despacho.

Arturo va directo al grano.

-Me alegra muchísimo que haya decidido tomar una decisión tan importante como esta, no todos son tan valientes- Comienza diciendo.

Samantha le escucha sin dejar de pensar en su procedencia. -Puede ser que venga de la India. Aunque… bah, puede ser de cualquier parte de medio Oriente- divaga hasta que poco a poco se pierde en sus propios pensamientos, en algún punto escucha a Arturo preguntar:

-Señorita ¿Me está escuchando?

-Por supuesto. Me decía usted que despertaría en 500 años y que habría alguien esperando para ayudarme a integrarme en la nueva sociedad-

Es entonces cuando Arturo le pregunta sin más – ¿Por qué no le gusta esta época? –

-No tiene que ver con una cuestión de gustos. Verá, uno es lo que es y no otra cosa, dicho de esa manera puede parecer filosofía barata, pero si lo piensa detenidamente, cada ser humano es diferente, tiene experiencias diferentes. Yo ya no tengo nada que perder, no hay nada que me ate a esta época y solo vivo porque la curiosidad de saber qué va a pasar en el futuro me conmueve profundamente. No es que no pueda vivir el presente, es que ya no hay nada en el presente que pueda sorprenderme. Es cierto que tiendo a creer que el futuro va a ser mejor y lo creo muy en contra de los pesimistas. Solo basta ver la historia. Ahora bien, es bastante claro que no sé con qué me voy a encontrar… Es el mundo el que me atraviesa, no yo al mundo, no se si me explico. Arturo, yo soy una simple espectadora, de otra forma la vida me habría dado mucho más de lo que he tenido-.

-Tiene usted mucho más de lo que la gran mayoría tiene- Le contesta Arturo.

-Es cierto que tengo mucho más, pero también tengo mucho menos-.

Arturo se incomoda al escucharla hablar con tanto desparpajo sobre sus sentimientos. -Siempre es mejor no preguntar-, se recuerda. Saca una carpeta con varios documentos y explica el procedimiento.

-Es importante que entienda que los riesgos corren por su cuenta y que el manejo de su dinero también. Cuando despierte en el futuro se le proveerá un apartamento durante 6 meses, por supuesto, de ser necesario. También alimentación y abrigo, esto, de forma indiscutible.

Lo establecido aquí es completamente confidencial. Firme aquí por favor -.

Samantha firma y le entrega los documentos a Arturo. – ¿Usted de dónde es? –  Pregunta.

– Mis padres son indios- contesta Arturo con una sonrisa y continúa: -La cita está programada para las 5 de la tarde. 10 días después de la firma-.

“-Un lugar en el futuro- le agradece enormemente su confianza en nuestros servicios”.

Samantha sale del edificio directo a su casa. Al llegar despide a todo aquel que se encuentre en el lugar. Tiene claro que no puede confiar en nadie; tampoco en las corporaciones. Prepara los diferentes objetos que planea llevar a su búnker:  Antibióticos y medicinas. Cajas llenas de oro, piezas de arte, libros sobre todas las ciencias. Música y cualquier otra cosa que fuera considerada valiosa en la actualidad. Todo correctamente envasado y preservado.

Después de ordenar y etiquetar cuidadosamente las cajas, salió del bunker con una botella de whiskey en sus manos, destinada para el día de su matrimonio, según su padre.

Fue entonces cuando pensó en Arturo. Imaginó la novia ideal para aquel chico de ojos marrones y sintió tristeza al pensar en el amor profundo que entre ellos dos crecería. Se sirvió un trago y miró hacia las estrellas. Luego extendió su saco de dormir y recordó las noches frente a esa misma fogata, bajo el mismo cielo, en la misma montaña, escuchando las historias que su padre le contaba. Se durmió profundamente.

La idea de vivir en el futuro parecía muy innovadora cuando fue lanzada al mercado; la verdad es que no había tenido el éxito esperado así que la empresa reformuló su estrategia, encareció los precios y comenzó a vender el producto como una alternativa al suicidio.

Samantha regresa a las oficinas un par de días después. Le toman pruebas de sangre, orina, entre otras. Al salir del edificio se encuentra con Arturo.

– ¿Samantha? ¿Cómo se siente? –

-No lo sé… Aunque me gustaría saberlo ¿Qué tal su día? –

-Bastante preocupante- le contesta Arturo, -No hay tantos clientes cómo pensamos-. Arturo se para a pensar unos segundos y continua: -Aunque usted no tiene nada de qué preocuparse, señorita. 

Samantha no estaba en absoluto preocupada.

– ¿Le gustaría tomar un café? Aún me queda algo de tiempo hasta la siguiente cita-. Preguntó Arturo con una sonrisa.

El café se enfriaba en la barra mientras la camarera terminaba de entregar a las otras mesas, platos y bebidas. Arturo regresaba del baño.

– ¿Aún no llega el café? –

-No. – Arturo se sienta al frente. -Es una pena la cantidad de personas para una sola empleada…  ¿Cómo se imagina el futuro?-

La pregunta tomó a Samantha por sorpresa.

-No lo he pensado tanto. Los seres humanos somos impredecibles.

– ¿Puedo ser honesto con usted? Arturo miró los labios de Samantha.

– Por supuesto- contestó Samantha.

-No creo que haya nada en el futuro que realmente valga tanto como para dejar mi presente-. Sus ojos marrones se hacían más grandes a medida que Arturo buscaba una razón.

– ¿Tiene alguna pareja? Porque eso definitivamente explicaría las ganas de quedarse en este mundo- contestó Samantha y abrió paso a la camarera con el café. -Gracias- le dijo mirándola a los ojos y ofreciendo una sonrisa.

-No tengo pareja- Arturo se quedó pensativo, quizás perdido en sus memorias. -Aunque me gustaría encontrar a alguien- Esta última frase simplemente se escapó de sus labios.

-Yo no podría encontrar a nadie, me cuesta mucho existir- Samantha partió un pedacito de galleta y continuó: -Hay días en que me duermo llorando. He pensado que quizás si me adelanto unos años en el futuro pueda evitar sentir el pasado como si fuera mi presente. Aunque seguramente me esté autoengañando-. La sonrisa se le había borrado para dar paso a una profunda melancolía.

-Por otro lado, alguien lo va a encontrar a usted y cuando eso pase ¿podría por favor dejarme saber cómo ha sido? ¿Tal vez dejarme una carta?

-Las que quiera-. Contestó Arturo.

El regreso a casa se hizo eterno. Las luces de Madrid se abrían paso a medida que el coche avanzaba. Samantha se preguntaba si en 500 años aquellas luces seguirían existiendo. La pregunta inmediatamente se le hizo estúpida, evidentemente todo cambiaría ¿Acaso no había cambiado el mundo que ella conocía en los últimos 500 años? Le pidió al conductor que parara en un bar llamado la octava maravilla.

En el bar pidió lo mismo de siempre: Whisky sin hielo y un vaso con agua.

A Samantha las palabras y las lágrimas se le atascaban en el mismo lugar del whisky. Todo parecía surreal, es como si la vida se le escapara por los poros. Se llevó el primer trago a la boca, quemaba más de lo usual y se preguntó si aquello que sentía no era realmente otra cosa. Llevaba tanto tiempo ignorando sus sentimientos que parecía imposible para ella reconocerlos.

Un par de horas después se puso los audífonos y caminó a casa. Las luces ahora le parecían frenéticas y distantes.  Ella misma estaba fuera de su cuerpo. Estaba fuera de su cuerpo desde aquel día.

Al cabo de unos minutos, entró a un Alimentación y pidió otra botella de Whisky.

Llegó a su casa como pudo, pensando en que esa vida tenía que terminar. Durmió profundamente hasta que el día se convirtió en otra noche.

El dolor de cabeza era insoportable. Vomitó todo lo que había comido en la semana. A las 22 horas se vistió de nuevo. Era viernes y la calle se le antojaba más melancólica que nunca. Se tomó un Clonazepam. Se puso los audífonos y echó a andar hacia el centro de la ciudad. Se sentó en una silla de alguna calle de Chueca y encendió un cigarrillo. Se preguntó si la cantidad de cigarrillos que había dejado en su búnker iba a ser suficiente. Vio los autos pasar. Luego pensó en Arturo.

Imaginó una noche llena de estrellas y luciérnagas en algún lugar de las montañas de Latinoamérica; hacía mucho rato había comprendido que los momentos más hermosos son aquellos en los que estaba despojada de todo lo que era obligada a ser.

Imaginó las montañas, los brazos cálidos de su familia, el olor de la madreselva y del mango maduro… pensó en todo aquello que alguna vez la había hecho feliz.

El día de la criogenización, Samantha se despertó más temprano de lo usual. De hecho, por primera vez en mucho tiempo sintió que era feliz. Faltaban pocas horas para lograr lo imposible, aquello que ella había imaginado como su tabla de salvación.

Se puso un jean (el que más le gustaba) y una blusa preciosa con brillantes. Aun sabiendo que tendría que dejarlos detrás. De todas formas, era su último día. Último día… sonaba como una pequeña muerte. Samantha nunca tuvo miedo a la muerte pues la idea de un universo profundo e infinito la consolaba. Ni siquiera después de aquel día. De nuevo desvió los pensamientos…

Al ingresar al edificio el tiempo empezó a dilatarse y todas las certezas comenzaron a desvanecerse con el tic tac del reloj. Yendo hacia el ascensor se encontró a Arturo.

-Señorita Samantha, ha llegado usted muy temprano… O, quizás, ¿me he equivocado? Creí que su cita era un poco más tarde-.

-No se ha equivocado- Le contestó Samantha con una sonrisa sincera. -He llegado temprano porque me gustaría hablar con usted ¿puede? -.

Samantha era una chica alta, de cabello rojo y ojos violeta. Entrenó esgrima durante toda su vida. Su cuerpo, alguna vez atlético, estaba casi en los huesos. Su padre le había enseñado a sobrevivir en el bosque, a cazar y pescar. Solía pasar los fines de semana y veranos en lugares inusuales. Terminó la escuela de Medicina, pero nunca ejerció. No tuvo tiempo.

-Por supuesto -. Arturo no la esperaba pero la sorpresa se le hizo muy agradable.

-Hay un parque cerca y la tarde está preciosa ¿vamos? -. Samantha miró hacia afuera. Quizás fuera ese gesto o la ternura con la que lo había pedido, el caso es que Arturo se sintió incapaz de negarse.  

Samantha sacó un cigarrillo y lo encendió. El sol se sentía cálido. Era el primer día de calor después de muchos de frío. El invierno se había extendido más de lo usual.

-Quería pedirle un favor. Estas son las llaves de mi casa, todas las cosas de mi padre siguen ahí. Es cierto que no van a durar 500 años, pero no he tenido corazón para tirarlas-. Samantha extiende la mano con las llaves.

Arturo no entiende muy bien que sucede -No me conoces de nada ¿Cómo me vas a dejar las llaves de tú casa? -.

Samantha por un instante se siente avergonzada. Es cierto que no le conoce de nada, pero es que tampoco conoce a nadie más.

-Si tuviera a quién dejarle estas llaves seguramente no querría saltar en el tiempo-. Replica ella terminando su cigarrillo.

A las 18 horas Samantha se mete completamente desnuda en el tanque de criogénesis.

Hacía unos años se había roto el tobillo izquierdo esquiando. La experiencia fue terrible excepto por el momento previo a la analgesia total: se sintió tan drogada y leve que pensó que así tenía que ser morir.

Desde el tanque escuchó la máquina de signos vitales, a los médicos, enfermeros, a un representante de la empresa y al final, la voz de Arturo preguntando si todo iba bien. Pronto se quedó dormida.

CONTINUARÁ…

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